Aversión a la pérdida: por qué nos cuesta tanto vender en pérdidas
Te confieso algo: durante años fui incapaz de vender una acción en pérdidas.
Cada vez que una posición caía, mi cabeza encontraba una excusa. «Ya ha tocado fondo, de aquí solo puede subir». O la peor de todas: «¿Y si vendo justo ahora y mañana rebota? Menudo fiasco». Así que aguantaba. Y muchas veces aguantaba viendo cómo la pérdida se hacía más y más grande.
No me pasaba solo a mí. Nos pasa a casi todos, y tiene nombre: aversión a la pérdida. Es uno de los sesgos que más dinero nos cuesta, y entenderlo cambia por completo cómo gestionas tu cartera.
En este artículo te explico qué es, cómo me afectaba (y cómo lo trabajo hoy), el error de comprar más para «recuperar antes», qué es un stop-loss y dónde colocarlo, y por qué dejar correr las ganancias es justo lo que casi nadie hace.
Índice de Contenidos
Qué es la aversión a la pérdida
La aversión a la pérdida es una idea sencilla con consecuencias enormes: nos duele más perder que lo que disfrutamos ganando la misma cantidad.
Los estudios sobre el tema (el psicólogo Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, fue uno de los que lo midió) apuntan a que el dolor de perder 100 € es aproximadamente el doble de intenso que la alegría de ganar esos mismos 100 €.
Parece un detalle, pero lo cambia todo. Si perder duele el doble, tu cerebro hará casi cualquier cosa por no materializar una pérdida. Incluso cosas que, mirándolas en frío, no tienen ningún sentido. Es uno de los grandes protagonistas de la psicología del inversor.
Cómo me afectaba a mí
Mi problema era siempre el mismo: no sabía cerrar una posición perdedora.
Mientras no vendiera, la pérdida no era «real». Era solo un número en rojo en la pantalla, y yo me agarraba a la esperanza de que volviera a verde. «Cuando recupere lo que puse, vendo». Ese era el plan. Un plan malísimo.
Porque el mercado no sabe a qué precio compraste tú, ni le importa. Da igual lo que pagaras: una acción no tiene ninguna obligación de volver a ese precio. Y mientras esperabas a «recuperar», ese dinero atrapado en una mala inversión no estaba trabajando en una buena.
Aguantar perdedoras tiene un coste doble: la pérdida puede seguir creciendo y, además, pierdes la oportunidad de poner ese dinero en otro sitio.
Y lo que es peor: promediar a la baja
A veces no me limitaba a aguantar la perdedora: compraba más. El razonamiento parecía listísimo: si compro más barato, bajo mi precio medio y recupero antes en cuanto rebote. Entonces no lo sabía, pero esto tiene nombre: promediar a la baja.
El fallo está en esas dos últimas palabras: «en cuanto rebote». Daba por hecho que va a rebotar, y no siempre pasa. Hay acciones que caen un 80 % o un 90 % y no vuelven. Y otras que, directamente, desaparecen.
El Banco Popular es el ejemplo que en España no se olvida: en 2017 acabó intervenido y vendido por un euro, y sus accionistas lo perdieron absolutamente todo. Quien fue «promediando» mientras caía no bajó su precio medio: metió más dinero en algo que terminó valiendo cero.
Promediar a la baja en un valor concreto, solo para recuperar antes, es echar dinero bueno detrás del malo. Conviertes una pérdida pequeña y manejable en una grande.
Ojo, no lo confundas con aportar de forma periódica y planificada a una cartera diversificada: eso es sano y es la base de invertir a largo plazo. El problema no es comprar cuando algo baja; es doblar la apuesta de forma reactiva en una sola acción que se hunde, para no admitir que esa inversión salió mal.
El efecto disposición: aguantamos lo que cae y cortamos lo que sube
Cuando juntas la aversión a la pérdida con nuestra necesidad de «tener razón», aparece un patrón curioso que los estudiosos bautizaron como efecto disposición: tendemos a vender demasiado pronto lo que sube y a aguantar demasiado tiempo lo que baja.
Vendemos las ganadoras para «asegurar» el beneficio y sentirnos listos. Y mantenemos las perdedoras para no admitir que nos equivocamos. El resultado es una cartera en la que, poco a poco, te vas quedando con lo peor y te vas deshaciendo de lo mejor. Justo al revés de lo que conviene.
Cortar las pérdidas: qué es un stop-loss
Lo que me ayudó a salir de ese bucle fue una herramienta sencilla: el stop-loss.
Un stop-loss es, simplemente, una orden de venta automática que pones por adelantado. Le dices a tu bróker: «si esta acción baja hasta tal precio, véndela». Si el precio llega ahí, la venta se ejecuta sola, sin que tengas que decidir nada en caliente.
Su gran virtud no es técnica, es psicológica. La decisión difícil —¿vendo o aguanto?— la tomas antes, en frío, cuando todavía no duele. Cuando llega el mal momento, ya está decidido. Pones el stop y, como hacía yo, te olvidas de la acción.
Empecé usando stop-loss automáticos precisamente porque no me fiaba de mí mismo: necesitaba que la disciplina viniera de fuera. Con el tiempo y la experiencia, hoy muchas posiciones las llevo sin stop automático, pero con un límite mental muy claro. Cuando una posición llega a la pérdida que considero el máximo asumible, no me tiembla el pulso al darle a vender.
Dónde poner el stop-loss (no vale una cifra cualquiera)
Aquí va otro error que cometí mucho al principio: poner el stop en una cifra cualquiera, casi siempre un número redondo y demasiado pegado al precio de compra.
Recuerdo que en pandemia compraba el Santander a 2 € y ponía el stop en 1,90 €. ¿El resultado? Muchas veces, ese mismo día la acción tocaba los 1,90 € por el vaivén normal del mercado, se vendía sola… y a veces hasta rebotaba después. El stop no me estaba protegiendo de una mala inversión: saltaba por el ruido del día a día.
Un stop-loss bien puesto no es un número al azar: es un nivel que significa algo. La idea es colocarlo donde solo salte si tu tesis se rompe de verdad, no cuando la acción hace el movimiento normal de cualquier día. Para eso hay que tener en cuenta la volatilidad propia de cada acción y apoyarse en niveles con sentido, como las zonas de soporte.
Decidir bien ese punto es, precisamente, terreno del análisis técnico. Si te interesa, lo explico en detalle en Análisis técnico; pero quédate con la idea: el stop va donde tiene lógica, no a un céntimo redondo del precio al que compraste.
Mi regla personal (no es una recomendación)
Para que veas un ejemplo concreto, te cuento la mía. Mi pérdida máxima por posición suele estar, como mucho, en torno a un 12 %. Y aquí está la clave: gracias a la diversificación, ninguna posición pesa tanto en mi cartera como para que ese 12 % sea un drama. En la práctica, esa pérdida máxima rara vez supone más de un 5 % de la cartera total.
Insisto en una cosa: esto es lo que a mí me funciona, no una recomendación. Tu horizonte, tu tolerancia al riesgo y tu situación pueden ser muy distintos. Lo importante no es el número exacto, sino tener una regla decidida de antemano —y un punto de venta con lógica— y cumplirla.
Dejar correr las ganancias (lo contrario, y casi nadie lo hace)
Hay una frase clásica en bolsa: corta las pérdidas y deja correr las ganancias. Suena obvia. Y, sin embargo, hacemos justo lo contrario.
Cortamos las ganancias en cuanto las tenemos, porque pensamos «esto ya no va a subir más, mejor aseguro». Y dejamos correr las pérdidas, esperando que den la vuelta. Es la aversión a la pérdida actuando en las dos direcciones a la vez.
El problema es que las cuentas no salen si haces eso. En una cartera diversificada, unas pocas grandes ganadoras suelen cargar con buena parte de los resultados. Si cortas a esas ganadoras pronto, te quedas sin tu mayor fuente de rentabilidad… mientras dejas que las perdedoras campen a sus anchas. Limitas lo que ganas y no limitas lo que pierdes.
Por eso conviene darle la vuelta a tu instinto: ponle un límite claro a lo que estás dispuesto a perder, pero no tengas tanta prisa por vender lo que va bien solo porque va bien.
Cómo gestionarlo en la práctica
No hace falta convertirse en un robot. Basta con poner un poco de orden antes de que aparezcan las emociones:
- Decide tu pérdida máxima antes de comprar, en frío. Cuando ya estás dentro y duele, es tarde para pensar con claridad.
- Piensa en porcentaje de tu cartera, no solo de la posición. Una buena diversificación hace que ninguna mala decisión te hunda.
- Separa la decisión del precio al que compraste. Al mercado le da igual lo que pagaste; a tu decisión también debería dárselo.
- No te enamores de una acción. Una empresa puede gustarte; tu dinero no le debe lealtad.
- Ten una regla, mental o automática, y cúmplela. La regla está, sobre todo, para los días en que no te apetece cumplirla.
En resumen
La aversión a la pérdida nos lleva a aguantar lo que cae y a cortar lo que sube: exactamente al revés de lo que conviene. La pérdida no se vuelve «real» cuando vendes; ya estaba ahí. Lo único que decides es si la dejas crecer o le pones límite. Un stop-loss, automático o mental, traslada esa decisión difícil a un momento en frío. Y la otra mitad del trabajo, la que casi nadie hace, es tener la paciencia de dejar correr lo que va bien.
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Preguntas frecuentes
¿Qué es la aversión a la pérdida?
Es la tendencia a que nos duela más perder una cantidad de dinero que lo que disfrutamos ganando esa misma cantidad, aproximadamente el doble. En la inversión nos empuja a aguantar las posiciones que pierden, para no convertir esa pérdida en «real».
¿Por qué nos cuesta tanto vender una acción en pérdidas?
Porque vender supone admitir que nos equivocamos y materializar una pérdida que, mientras no vendamos, sentimos como provisional. Nos agarramos a la esperanza de recuperar el precio de compra, aunque al mercado ese precio le sea indiferente.
¿Es buena idea promediar a la baja?
Comprar más de una acción que cae para bajar tu precio medio es arriesgado: das por hecho que se va a recuperar, y muchas acciones caen con fuerza o desaparecen (como le pasó al Banco Popular en 2017). No hay que confundirlo con aportar de forma periódica y planificada a una cartera diversificada, que sí es sano. Doblar la apuesta de forma reactiva en un solo valor que se hunde suele empeorar las cosas.
¿Qué es un stop-loss?
Es una orden de venta automática que defines por adelantado: si la acción baja hasta un precio concreto, se vende sola. Su mayor ventaja es psicológica, porque la decisión de vender la tomas en frío, antes de que llegue el mal momento.
¿Dónde conviene poner el stop-loss?
En un nivel que tenga sentido, no en un número redondo pegado al precio de compra. Si lo pones demasiado cerca, la volatilidad normal de la acción lo hará saltar una y otra vez. Apoyarse en niveles técnicos, como las zonas de soporte, y en la volatilidad propia del activo ayuda a colocarlo donde solo salte si tu idea se rompe de verdad.
¿Hay que poner siempre un stop-loss?
No necesariamente. Es una herramienta útil, sobre todo al empezar, pero también puede saltar por la volatilidad normal y sacarte de una buena inversión. Hay quien prefiere un límite mental. Lo importante no es la herramienta concreta, sino tener una regla decidida de antemano y cumplirla.
¿Qué significa «dejar correr las ganancias»?
Es la otra cara de la aversión a la pérdida: no vender una buena inversión solo porque ya ganas algo. Como unas pocas ganadoras suelen aportar gran parte de la rentabilidad, cortarlas demasiado pronto limita mucho tu resultado a largo plazo.
El contenido de este artículo tiene carácter divulgativo y educativo. No constituye asesoramiento financiero ni recomendación de inversión.
